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Maracanazo: El partido que marcó a una nación

El día más triste en la historia del fútbol brasileño

En 1950 regresó el fútbol, luego de 12 años de tragedia y destrucción debido a la Segunda Guerra Mundial, Jules Rimet y la FIFA eligieron a Brasil para albergar el siguiente certamen y se decidió aquel año para dar mayor tiempo a la reconstrucción y para mantener el orden con los Juegos Olímpicos de dos años de separación, situación que se mantiene hasta nuestros días.

Brasil preparó su Mundial como una fiesta y le otorgó al mundo un gran regalo, el Maracaná, el mayor estadio que el fútbol ha visto, con un aforo de 200,000 personas. El pueblo brasileño esperaba celebrar el campeonato en su nueva catedral pero la tragedia llegaría un 16 de Julio.

Brasil se enfrentó a Uruguay en el partido decisivo, al equipo local con el empate le bastaba para salir campeón pero la afición esperaba una goleada. Brasil abrió el marcador y el Maracaná estalló en júbilo, pocos minutos después Uruguay empató el marcador y a 10 minutos del final llegó la maldición. El arquero brasileño Barbosa cometería el error que marcó su vida, pensando que el jugador uruguayo enviaría un centro dejo desprotegido su primer palo, el jugador uruguayo aprovechó la ocasión y pateó al marco anotando así el segundo gol y el estadio quedó en absoluto silencio. “A Maracaná lo han callado tres personas: Frank Sinatra, el Papa y yo”. Son las palabras de Alcides Ghiggia el autor del gol.

Moacir Barbosa fue el principal señalado de la derrota del equipo, situación que lo acompañaría toda su vida. Un día caminando por la calle una mujer lo identificó y le dijo a su hijo “ése es el hombre que hizo llorar a doscientos millones de brasileños”. Cuando las porterías fueron cambiadas del Maracaná, Barbosa recibió los postes de aquellos fatídicos goles y decidió quemarlos hasta hacerlos ceniza, pero ni el fuego pudo salvarlo de la maldición. Luego que se le negara el acceso a una concentración de la selección Barbosa comentó “En Brasil la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

La derrota fue tan traumática para el pueblo brasileño que durante los siguientes dos años no disputó un solo juego de fútbol. Fue tal la herida que cambio del color blanco del uniforme, que lo consideraron de mala suerte, a amarillo con ribetes verdes, pantalón azul y medias blancas.

Pele que en esa época era sólo un niño de 9 años que jugaba al fútbol por diversión, vio llorar a su padre aquel día al escuchar en la radio la derrota de Brasil, en ese instante el joven Edson le dijo a su padre “No llore, papá. Yo voy a ganar una Copa del Mundo para usted y todo Brasil, se lo prometo”. A lo que su padre con la pena aun a flor de piel le contestó “Céntrate en los estudios y huye del fútbol como de la peste”. Que suerte que Pele no escuchara a su padre. 

El Maracanazo marcaría a toda una generación. Una generación de brasileños que vivieron bajo la sombra de aquella derrota, que abrazaron el fracaso y se levantaron para lograr sus sueños. Una generación que ganaría 3 mundiales 1958, 1962 y 1970 quedándose definitivamente con la Copa Jules Rimet, el mismo trofeo que se les negó aquella tarde de 1950.

 

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